Ourense lleva quince años sin un Plan Xeral de Ordenación Municipal en vigor. Desde que el Tribunal Supremo anuló el PXOM de 2003, la ciudad continúa rigiéndose por un planeamiento de 1986. Nos hemos acostumbrado. Nos hemos acostumbrado a que una ciudad funcione durante décadas sin el principal instrumento para ordenar su crecimiento. Y, lo que es peor, nos hemos acostumbrado a no exigir responsabilidades políticas. Han pasado gobiernos municipales de distinto signo y ninguno ha mostrado el más mínimo interés de resolver un problema que condiciona el futuro de Ourense. El actual alcalde, Gonzalo Pérez Jácome, no parece especialmente preocupado. Su desempeño se dirige más a la promoción del Carnaval.
Ourense es una de las ciudades más envejecidas de Galicia, con un índice de 173 mayores de 65 años por cada 100 menores de 20. Además, el declive demográfico no se detiene; en 2024 nacieron apenas 535 niños frente a 1.325 fallecimientos. A ello se suma un tejido empresarial con escaso dinamismo, incapaz de compensar la pérdida de población y oportunidades. El PXOM podría servir de palanca para revertir algo la situación, pero nada nos hace pensar que nuestros políticos vayan a hacer algo al respecto. Están centrados en la búsqueda del interés particular propio; mientras, nos entretienen, despistan y enfrentan con atrezzo en forma de ideología barata.
Las ciudades no desaparecen de un día para otro. Lo hacen poco a poco, cuando dejan de atraer población, inversión y talento, y aceptan que la improvisación sustituya a la planificación. Lo verdaderamente preocupante no es solo que Ourense siga sin un plan general; es que hayamos dejado de considerar inaceptable no tenerlo.


